En 1985, Segovia y sus monumentos, fueron incluidos en la Lista del Patrimonio Mundial

Un soberbio acueducto Romano y la histórica ciudad castellana

Con sus estrechas calles, sus recoletas plazas, con sus casi 20 iglesias románicas y sus palacios renacentistas, un conjunto urbano extraordinariamente bien conservado.
Segovia ha sido, es y seguirá siendo por siempre, fuente inagotable de inspiración para escritores, pintores, historiadores, arqueólogos, poetas y todos los amantes de las bellas artes y de las cosas bellas.

Porque Segovia es, sobretodo bella y hermosa, pues raro es el que, conociéndola, no queda prendado de ella y de sus encantos.
Para conocer y amar Segovia, para llenarse de ella, de su espíritu, de su embrujo, de su paz y de su alegría, basta con dejarse arrastrar por sus calles y plazas, por sus angosras callejuelas, por sus grandes y majestuosos monumentos o por los alrededores bucólicos y soñadores de la ciudad, por su cinturón verde salpicado de monasterios, alamedas, pinares y campos de trigo.

No es difícil abarcar a Segovia, pequeña, recoleta, de una sola mirada; casi se le puede meter en el puño de una mano, un soplo de inspiración para empujarte a adentrarte de lleno, sin prejuicios, en el verdadero espíritu de la ciudad, en el auténtico encanto de su vida sencilla. Porque Segovia, con aparente rostros de niña bella y recatada, encierra un espíritu vivo, cualidad de la que no pueden presumir muchas ciudades.


El arte, la historia, la buena mesa

Todas esas particularidades que de Segovia han hecho un lugar inolvidable, que están presentes en las descripciones literarias, relatos que en ocasiones se echa en manos de los escritores y poetas que buen han conocido y amado esta ciudad, a la que han dedicado lo mejor de su pluma. Y todo ello con proyección al resto de la provincia, por cuya geografía se extienden bellísimas muestras artísticas convertidas en castillos, iglesias, palacios, caserones, jardines, simples alamedas o en manchas de pinos de verde imperecedero.

Segovia, una ciudad que es encrucijada insustituible de todos los caminos históricos.
Cualquier ciudad del mundo puede ofrecernos algún atractivo concreto, pero el prodigio se produce cuando llegamos a un lugar como Segovia, donde cada calle, plaza, edificio, piedra, definen por si solos una página de la historia, un monumento, un paisaje, una leyenda, un milagro. Tal es la sensación del viajero, cuando accede a esta ciudad de Santos, reyes, nobles y revolucionarios, de increíbles arquitectos conocidos o desconocidos, de recios hombres de armas y de incurables soñadores de bien merecidas grandezas.

Todo ello y mucho más es Segovia, la victoriosa, en su vieja traducción céltica, con más de dos milenios sobre sus hombros firmes en su orgullo legítimo y tersos en su espíritu creador. Segovia es un mundo único, su tarjeta de visita, por supuesto, su Acueducto que ya en 1974 celebró su bimilenario.
Como si flotas sobre el mar infinito de la llanura castellana que perfila su entorno, Segovia navega veinte siglos de historia con el empaque y señorío de un ayer luminoso en sus gentes y en sus obras.

Sus docenas de torres parecen palos dispuestos a izar cada día las velas que la impulsaron de siempre, en lo alto,con una nítida vocación marinera que muchas plumas ilustres acertaron a comprender, con la proa de su Alcázar valiente. Los visitantes, no podrán avanzar por sus calles, sin detenerse en cada esquina, en cada portal, en cada torre, en cada columna, en cada ventana, en cada torreón, en cada tipico esgrafiado segoviano, ese arte incomparable que viste tantas y tantas de sus fachadas con una personalidad irrepetible.

Como pensara Vicente Marrero en su verso puro y fraterno


“En la verdad del llano,
toda de oro cubierta, Segovia a lo más alto,
limpiamente se eleva”.
Y todos podemos ir con ella, como de su mano, en recuerdo constante de su historia, enraizada en la estela de Hércules Egipcio, cuyo recuerdo identificaron muchos en Santo Domingo del Real, en la propia Tirre de Hércules, en la escultura ibérica del “urbis conditor” que pisa la cabeza de un enorme jabalí.


Sus orígenes romanos culminan en el medievo, siglo XII y XIII, con sus bellísimas iglesias románicas en cuyo entorno crece la ciudad, pródiga en artesanos con más de medio centenar de especialidades en su industria, allá por el 1570.
Segovia está dominada por grandiosos edificios de los que vamos escribir a continuación, sobretodo tres de ellos, como los principales: su Catedral de estilo gótico, su Acueducto romano y el Alcázar además de otros emblemáticos monumentos.

La catedral de Segovia

Dama de las catedrales, ha sido llamada, con acierto, especialmente, su torre de 88 metros de altura.
La anterior, junto al Alcázar, consagrada en 1228, quedo prácticamente asolada durante la Guerra de las Comunidades. Después por decisión del Emperador Carlos I, se comenzó a levantar la nueva en 1525.
Se eligió para ello el punto mas alto de la ciudad, y fue preciso demoler un centenar de casas y el antiguo convento de las Clarisas.

Se trata de una de las obras postreros del gótico tardío en España, pese que en aquellos años se había impuesto ya en nuestro país el estilo renacentista. Su longitud es de 105 metros, su anchura de 50 metros, y su altura en la nave central de 33 metros.
Juan Gil de Hontañon, Maestro de la Catedral Nueva de Salamanca, dirigio la primera fase de las obras, y, a su muerte, fue sucedido por su hijo Rodrigo, en cuya etapa cubrió sus ausencias García de Cubillas, aparejador del primer arquitecto. Otros nombres a citar, si bien posteriores, son los de Juan de Mugaguren, autor de la cúpula en media naranja sobre el crucero, en 1620, para sustituir la gran aguja destruida en 1614 por un rayo.

Y Pedro de Brizuela, segoviano, que a principios de esta misma centuria construyó la portada de San Frutos, herreriana, en la fachada norte, presidida por la hornacina que nos muestra esculpido en piedra al santo patrón de la diócesis. Colaboraron también en la ingente obra Francisco Vázquez y Alonso Martínez.
Consagrada en 1768, seducen al visitante, desde el exterior, sus ventanales, gárgolas y arbotantes, que integran uno de los conjuntos catedralicios más impresionantes de toda nuestra geografía.

La Puerta del Perdón se abre a los pies del templo

En ella figura una imagen de piedra de la Inmaculada. Y, en el brazo sur del crucero, la Puerta dedicada al primer Obispo de Segovia, San Geroteo.
Pero vale la pena, llegados a este punto, y antes de entrar en el magnífico edificio catedralicio, detenernos en un hecho que, si con el oaso de los siglos puede parecer anecdótico, refleja el empeño ilusionado y generoso de todo el pueblo segoviano.

Porque llegado el momento, toda la población participó en la fase inicial de las obras, en los primeros pasos de su realización con su aportación económica, con el ofrecimiento de materiales, e incluso, si ese era todo su capital, con su trabajo y esfuerzo personal.
En el interior de la Catedral de Santa Maria es, sencillamente grandioso. Su planta es en cruz latina, y las tres naves que la integran están separadas por pilares de corte circular. Suma hasta siete capillas absidales.

A encargo de Carlos III, el propio Sabatini tuvo a su cargo la realización del Altar Mayor, en mármoles, jaspes y bronce dorado, con la colaboración del platero Antonio Vendetti. Allí se venera la imagen gótica de Nuestra Señora de la Paz, ofrendada, según unos, por Fernando III el Santo, y segun otros, por Enrique IV.
El visitante se detendrá, en la contemplación de la sillería del coro, procedente del antiguo templo, labrada en la segunda mitad del siglo XV, donación del obispo D. Juan de Arias Dávila.

Si entramos por la puerta de S. Frutos, a la derecha, encontramos la Capilla de la Piedad

Con un retablo de Juan de Juni, de 1571, el tríptico del Descendimiento, cumbre del flamenco Ambrosía Ben son.
Luego la Capilla de S. Cosme y S. Damián, con una Purísima de Gregorio Fernández. A continuación, la Capilla de la Concepción, con cuadros de considerable valor, algunos de Ríes, y una espléndida reja de caoba.


Frente a ellas, la que guarda el Cristo yacente de Gregorio Fernández; la de Santa Bárbara, con la pila bautismal donada por Enrique IV; y la de Santiago, con una pintura del segoviano Alonso de Herrera, otra atribuida a Pantoja de la Cruz. Por último la Capilla del Sagrario, con su altar de cerámica de Daniel Zuloaga y un Cristo de Pereira.

En el Museo catedralicio se conservan obras atribuidas a Berruguete, Morales, Van Eyck, y Benvenuto Cellini, entre otras con esculturas como el sepulcro yacente de D. Pedro de Castilla, infante niño que falleció al caer, en el Alcázar, desde una ventana, en 1366. Y, por supuesto, la magnífica custodia profesional obra del platero Rafael González, estrenada en 1656, en la procesión del Corpus. Añadamos el cáliz gótico del siglo XV, donación debida a D. Beltrán de la Cueva, o el altar de plata que forman seis candelabros y tres sacras de dicho metal donado todo ello por el obispo Martínez Escalzo.

Nueva mención especial, en el Archivo catedralicio, para el tesoro de medio millar de incunables, cifra solo superada en España por las Bibliotecas Nacional y del Escorial, entre los que brilla con luz propia el “Sinodal de Aguilafuente”, de 1472, uno de los primeros libros impresos en España, y para algunos, el inicial de todos ellos.

No podemos olvidar la sala Capitular

Con la serie de tapices que narran la historia de Zenobia, reina de Palmira, cada una de las restantes capillas, el trascoro neoclasico donde se venera el arca de plata con los huesos de S. Frutos, y las vidrieras realizadas a mediados del siglo XVI por artifices flamencos, toledanos y salmantinos, con temas de la Redención de Cristo.

Y no pasemos por alto sus tapices gobelinos, las pinturas de Valdés Leal y de Esquivel, el artesanado de la propia Sala Capitular, la citada e inigualable carroza-custodia utilizada en la procesión del Corpus Christi, el Facistol de Vasco conservado en el Coro, el púlpito y la reja situados ante el altar mayor, y empotrado en la pared del claustro por la parte exterior, el sepulcro de Maria del Salto, la judía que define una de las mas hermosas leyendas segovianas.

En contados monumentos similares hallará el visitante un remanso de paz similar, un placer contemplativo ante la suma de arte aqui reunida al correr de los años.
Porque sus muros, sus piedras, sus obras de arte nos ofrecen un repertorio inigualable, cuya historia se hunde en aquel 8 de Junio de 1525 en que fue colocada su primera piedra.

Cabe pararse, por ejemplo, en la belleza plena de sus bóvedas de crucería, estrelladas; o ante las imágenes de S. Frutos y S. Geroteo, patrón principal de la diócesis y su primer Obispo, respectivamente, obra de Manuel Adeba Pacheco, situadas también en el Altar Mayor; o en el estudio del manuscrito que detalka minuciosamente la temática de las vidrieras, y que se conserva, como uno más entre los valiosisimos al que nos hemos referido, en el Archivo catedralicio; o en lis cientos de precisiones y prodigios que harían interminable esta somera relación.

Son una sucesión de naves, cúpulas, fachadas, columnas, pináculos, parteluces y mil detalles más que guardan y atesoran un auténtico prodigio histórico y artístico ta que, sean cuales sean nuestras inclinaciones y preferencias, siempre harán gratificante nuestra visita.

El acueducto

La construcción del Acueducto se inició hacia el año 50 d. C. a caballo entre el siglo I y II, bajo el mando de los emperadores Vespasiano y Trajano, para llevar a la población las aguas del arroyo de la Acebeda, situado a unos 18 kms. Al final del trayecto, para superar el vado del rio Clamores, los ingenieros romanos construyeron una colosal obra de ingeniería de 183 metros de longitud.

Dos filas de arcadas superpuestas se apoyan en 128 pilares, alcanzando una altura máxima de 28,5 metros. Tiene 167 arcos; comienza con 75 arcos sencillos en la carretera de la Granja de S. Ildefonso, continua con 88 arcos dobles y termina junto al seminario con cuatro arcos sencillos.

El aacueducto de Segovia
El aacueducto de Segovia

En el primer sector existen 36 arcos con una curva ojival diferente al resto.
Se trata de una restauración ordenada por los Reyes Católicos en el siglo XV para reparar los daños causados por los árabes cuando éstos se apoderaron de la ciudad en 1072 bajo el mando de Al-Mamún. Pero el mayor daño al Acueducto se hizo entre 1929 y 1930 cuando el conducto de piedra del siglo XVI que transportaba el agua, y que, a su vez, había sustituido a uno de madera, fue reemplazado por un canal de cemento.

Recientemente el monumento ha sido tratado para detener el denominado “mal de la piedra”, que amenazaba su futuro.
Calificaremos más adelante el Acueducto como tarjeta de visita de la ciudad, y en efecto es eso, pero también mucho más. Es el corazón de la ciudad, porque hasta que no cruzas bajo sus arcos, so se puede decir que estamos en Segovia.
Sobre la plaza del Azoguejo, “zoquejo”, pequeño zoco o mercadillo que fuera, ofrece a la ciudad las aguas del río Acebeda.

Acueducto segoviano
Acueducto segoviano

Orgullo de toda la humanidad, la disposicion de sus piedras parece un puzzle gigante, perfectamente resuelto. Y la leyenda, como tantas veces, ha encontrado su sitio en la historia. En este caso, se cuenta que la aguadora, cansada de cargar el cántaro tantas veces en su cadera, ofreció al Diablo su alma a cambio de que las aguas cruzasen de lado a lado la vaguada, mediante una obra a realizar en sólo una noche.

Pero se arrepintió, rezó a la Virgen, y el gallo de la mañana adelantó su canto: una sola piedra faltaba para completar el trabajo, y fue suficiente para que la moza salvara su alma, el diablo perdiera el juego, y Segovia pueda mostrar hoy en su escudo una de las obras más importantes realizadas a lo largo de la historia, sean cuales sean sus autores.

El Alcázar
El Alcázar

El Alcázar

A cuyos pies mezclan sus aguas el Eresma y el Clamores, se asemeja a un buque de piedra si se contempla desde la confluencia de ambos ríos o a un castillo de hadas si se miran las puntiagudas torrecillas que salpican su cubierta y la torre del homenaje, rematada con pequeños torreones redondos adornados con festón y escamas.
Como hemos dicho, es la confluencia de los rios Eresma y del Clamores, espolón que corta el silencio de la llanura en atalaya permanente y castellana, de castillo, que cumple su misión de vigía con la impavida serenidad que le brindan los siglos.

Todo indica que ya hubo allí fortaleza en la época romana, y que como tal fue utilizado por los árabes.
Tras la reconquista de la ciudad por Alfonso VI, los manuscritos antiguos citan ya el Alcázar en el siglo XII. Con el Acueducto y la Catedral, sin duda, confiere todo su auténtico perfil a la ciudad de Segovia.

El Alcázar de Segovia
El Alcázar de Segovia

Y a partir de aquella fecha, obras, ampliaciones, restauraciones, añadidos.
Desde su gótico cisterciense y desde Alfonso el Sabio, el Alcázar verá llegar en distintas ocasiones la corte de los soberanos de Castilla, hasta llegar, después de Alfonso XI y de Pedro el Cruel, al vencedor de este, Enrique de Trastámara, dinastía que se propuso convertirlo, en opinión del Marques de Lozoya, en rival de los alcázares andaluces.


Allí se celebraron Cortes en distintos años, de allí salio Isabel la Católica para ser coronada en el atrio de S. Miguel como reina de Castilla, alli se casó Felipe II con Ana de Austria, allí fueron recluidos personajes como los Duques de Medinaceli o de Guisa, allí estableció Carlos III el Real Colegio de Artillería, y allí fue instalado en su día el Archivo General Militar.

Con la vista fija en sus torres puntiagudas empizarradas, pasa junto al monumento a Daoiz y Velarde, cadetes, allí, de la primera Academia Militar española, del segoviano Marinas, recorre el puente de piedra que reemplazó al antiguo levadizo de madera en tiempos de Felipe II, y encara con indisimulable asombro el centenar de metros de la Torre de Juan II, reticulada en los típicos esgrafiados segovianos.

Ya en el interior, cruzando el herreriano Patio de Armas o Patio de Honor, entramos en la sala de los Ajimeces, con varios retratos reales obra de firmas como Maffei, Casado del Alisal o Moreno Carbonero, y otras escenas históricas de José Madrazo y Salvador Viniegra.
Dos armaduras de caballeros completan la presentación de esta sala, que recibe su nombre, en función de las cuatro ventanas interiores que muestran sus muros.

En la Sala del Trono o del Solio se ha reconstruido el estrado de los Reyes Católicos, con su escudo, y primera de las restauradas a partir de 1940, se ha completado el friso morisco de yeseria y fue dotada de un artesonado de la era mudéjar llevado desde la localidad vallisoletana de Urones de Castroponce para sustituir al perdido en el incendio de 1862.

También entonces se perdió el de la Sala de la Galera, así llamada porque aquél recordaba el casco de dicha nave, que fue restaurada a continuación y dotada de armaduras y mobiliario adecuado; destacan sus ajimeces dobles, los escudos de Castilla y de León que decoran sus frisos mudéjares, y el mural de la coronación isabelina realizado por el segoviano Carlos Muñoz de Pablos.

La Sala de las Piñas recibe su nombre de los suntuosos mocárabes dorados que, a modo de piñas, decoran su artesonado; también se ha restaurado su friso, y dispone de un magnífico tapiz flamenco y de un gran bargueño.
El Dormitorio Real guarda, junto a varios tapices una excelente copia de “La Piedad” de Van Weyden co servada en el Museo del Prado madrileño. La Sala de los Reyes nos muestra un friso con una galería corrida en la que figuran esculpidos los reyes y reinas de España desde D. Pelayo hasta Doña Juana la Loca.

En la Sala del Cordón nos atrae una arqueta de marfil, en el Camarín de la Reina una copia de la “Virgen de los Reyes Católicos” igualmente del Museo del Prado, y en la Capilla el Retablo atribuido a Portillo y una Adoración de Carducho.
Tras el muy bello Patio del Reloj, llegamos a las salas en las que se ha instalado el “Museo de Armas”. Se guardan allí piezas muy interesantes, pertenecientes a los siglos XV al XVIII, entre ellas, algunas de Artillería, bombardas, morteros, y por supuesto, bastantes armaduras y ballestas que nos ofrecen una muestra muy completa del armamento ofensivo y defensivo de la época.

Y para terminar este recorrido a uno de los tres grandes símbolos segovianos, el Alcázar, la aguja estilizada de la Torre del Homenaje, siempre avizor del cielo castellano, vestida en su cumbre de fresca pizarra, y desde la que cabe contemplar, uno de los más extensos y bellos paisajes que la iudad domina.

La casa de los picos

Se trata de uno de los edificios mas conocidos y reproducidos del mundo, destinado en su momento a Escuela de Artes y Oficios.
Situada en la calle de Juan Bravo, fue construida en el tercio final del siglo XV. Debe su nombre popular a que cada sillar de granito de la fachada fue rematado en forma de punta de diamante, bajo uno de los cuales, narra la leyenda, se oculta un fabuloso tesoro.

Pero también otra leyenda llegó a esta mirada, solar del linaje La Hoz, de origen al parecer converso, por lo que fue conocida como “casa del judío”, hasta que su dueño, ya que ni el blasón que preside la clave de su portada de medio punto y cada balcón conseguían hacer olvidar el mote de la maledicencia popular -asi lo cuenta Francisco Ignacio de Cáceres- imaginó tan geométrica decoración, que, en efecto sustituyó muy pronto el antiguo calificativo.

Azulejos talaveranos con conocidos edificios de la ciudad decoran el zaguán y el patio. Al final de su fachada se apoyó en su dia la Puerta de S. Martin, que un desgraciado acuerdo municipal decidió demoler en 1883.

Las ppuertas de entrada a Segovia

Segovia es una ciudad abrazada en piedra por una muralla que se mantiene en un muy aceptable estado de conservación. Oculta en algunos puntos por distintas construcciones adosadas a su columna vertebral histórica, se aprecia en su mayor parte con toda su esbelta plenitud, con toda su bizarra grandeza.
A los siglos XI y XII cabe atribuir la miralla segoviana, que resguarda, en sus dos kms y medio de recorrido, la parte alta de la población.

Pese a su fecha histórica, e incluso a sus incrustaciones y obras posteriores, se hayan lápidas en ella que nos recuerdan a Sexto Severo, Publio Juvenal Juvenalis y otros nombre romanos muy anteriores.
En la muralla, solo se conservan tres de las siete puertas que tuvo en tiempos, y de otros tantos portillos, uno utilizable, que fue reconstruido en 1947, y dos más pero tapiados.

Se conservan las puertas de S. Andrés, de Santiago y de S. Cabrían. Y fueron derruida las del Sol, de la Luna, de S. Juan y de S. Martin, apoyada ésta que estuvo en la llamada Casa de los Picos, quizás la vivienda más famosa de España entera.
La Puerta de S. Andrés, la mejir conservada, imponente en su trazo, militar en su concepción, aparece apoyada en dos firmes torres, cuadrada la interior y poligonal la de fuera. Se abre sobre el arroyo Clamores, y sirvió de acceso usual al viejo barrio judío.

En la parte alta de su interior podemos contemplar un Camarín ofrecido a la Virgen del Socorro, y en otro lugar, una lápida que recuerda al viajero nada menos que el paso por su vecindad del Buscón don Pablos.
La Puerta fue restaurada en tiempos del Emperador Carlos I, y de nuevo, en fecha mucho más reciente, por la correspondiente Dirección General de Bellas Artes.

Las otras dos puertas conservadas se abren al valle del río Eresma

La de Santiago, que conserva la muralla en una dirección y la perdió en un tramo de la otra por un corrimiento de tierras, es valiente en su estructura, de corte mudéjar, ornadacon arcos de herradura que le confiere su recia personalidad. La de S. Cebrían, en la zona más antigua de la muralla, característica por la vieja cruz de piedra del siglo XVI a la que presta impar marco y acogida.

Iglesias y Monasterios

Si el Acueducto, Catedral y Alcázar, jalonan el triángulo sustancial de Segovia, su esencia espiritual, solo podremos encontrarlas en sus Iglesias y Monasterios, como solo en sus casa solariegas hallaremos el eco de su imborrable ayer histórico.


Hoy en día tan solo una docena de su treintena de iglesias románicas de los siglos XI al XIII siguen abiertas al culto; otras dos parcialmente reformadas, conservan algunos de sus elementos originarios; y cuatro más albergan hoy, transformadas, otras misiones artistico-culturales.
La más antigua es San Juan de los Caballeros, con uno de los pórticos más hermosos no solo de la ciudad sino de todo el románico español.

El historiador Diego de Colmenares, que fue su párroco, esta enterrado en el ábside, del lado del Evangelio. A principio de nuestro siglo adquirió el templo el ceramista Daniel Zuloaga, que lo restauró e instaló allí su vivienda y su taller. La iglesia acoge hoy el Museo dedicado al ilustre artista, con muchas piezas de cerámica de gran valor y varios cuadros de su sobrino, el pintor Ignacio de Zuloaga.
Sobre el emplazamiento de otra anterior, en el barrio que lleva su nombre, antigua Morería, San Millán, comparada en ocasiones a la Catedral de Jaca.

Tres naves, cuatro ábsides y dos atrios definen su perfil

Debemos contemplar los capiteles del atrio y del interior, la arcada final a modo de retablo, las vidrieras de Muñoz de Pablos y las tallas procesionales de Aniceto Marinas, alli mismo bautizado.
En la plaza de las Sirenas, mas bien diríamos de las esfinges, así llamadas por el par de figuras que en ellas vemos, San Martín, con un atrio muy bello que rodea tres de los lados del templo. En el exterior, un bajorrelieve de mármol, del Siglo XII, con el santo titular.

El interior fue reformado, lo mismo que el ábside central. El retablo mayor, salomónico, de la segunda mitad del siglo XVII, original del segoviano José Vallejo Vivanco. Entre otras piezas de valor, un “Cristo yacente” con firma de Gregorio Fernández y un “San Juan Bautista” atribuido a Pedro de Bolduque.
Resultaría prácticamente imposible elegir entre todas las iglesias segovianas, pero si preguntaremos tanto a los segovianos como a los que han visitado la ciudad, para muchos de ellos, elegirian estas dos, San Martín y San Millán.

Al paso, y junto a lo ya dicho, podemos ver, en aquella, su precioso ábside lateral, que conserva su traza originaria. O su torre, centrada sobre la iglesia, en ladrillo y en tres cuerpos. O sus capillas interiores, que pese a las indispensables reformas anotadas a lo largo de los años, mantienen viva toda su belleza.

La segunda, la de San Millán, mozárabe en sus primeros pasos, fue reconstruida luego, en el siglo XII, en tiempos de Alfonso I de Aragon. Debemos pararnos ante sus tres portadas, o bajo su bóveda de crucería, o frente al Crucifijo gótico de su presbiterio, o ante su talla de la Inmaculada del siglo XVIII, o buscar los restos de su artesonado mudéjar, de cinco centurias antes, realizado en madera.

Sobre otra iglesia anterior se alza hoy la nave única de la llamada de la Trinidad

Conserva un interesante retablo de pinturas, realizado a principios del siglo XVI por los segovianos Andrés López y Antonio de Vega, una tabla de la Santa Faz de Ambrosius Benson, y una bellísima Inmaculada, policromada, del Siglo XVII. En 1513 D. Pedro del Campo y Doña Francisca de la Trinidad hicieron construir para ser enterrados, la Capilla que lleva el apellido de él, en el lado del Evangelio.


Es preciso, detenerse ante las vidrieras de “Cristo resucitado” y “La Misa de S. Gregorio”, que figuran entre las mas antiguas de la ciudad.
También se conserva otra tabla muy bella, de la escuela florentina, que representa a ” La Virgen con el Niño y S. Juanito”, así como una buena talla, del Siglo XVI, de S. Bartolomé.
San Esteban destaca por su magnífica torre, de cincuenta y tres metros, “Reina de las torres bizantinas”. Solo conserva , con ella, el atrio de la fábrica original.

Como es usual en la ciudad, cuenta con un hermoso pórtico dotado de muy bellos capiteles. Guarda un Calvario gótico en madera policromada del siglo XIII, a cuyo Cristo, desclavado el brazo derecho, se atribuye una leyenda similar a la toledana del Cristo de la Vega. Son importantes varios cuadros aparentemente de la escuela italiana de su tiempo, la citada centuria entre ellos dos en sus muros y otros dos en el presbiterio, “El Bautismo de Cristo” y “Predicación del Bautista”, los primeros, y “La Virgen con el Niño” y “La Anunciación”, los segundos, atribuidos a Giovanni Odazzi.

También preside el barrio arrabal de su nombre la iglesia de S. Lorenzo

Una sola nave cubierta y tres ábsides, alzada sobre otra antigua mozárabe. Su tirre gótica en ladrillo es única en la ciudad.
Y por no hacerse interminable el recorrido, podemos detenernos ante las pinturas románicas de S. Justo y su esbelta torre caliza; el alto relieve y el “Salvador” de Gregorio Fernández, en S. Andrés; el tríptico de la Adoración de los Reyes, atribuido a Pieter Coecke van Aelst, en la iglesia del Salvador.

Las pinturas murales de S. Clemente, la sirena que configura uno de los capiteles de S. Quirce, sede hoy de la Academia de Historia y Arte de Segovia, el sepulcro de Rodrigo Ibáñez en un ábside de S. Nicolás, la pintura de Santa Bárbara atribuida al seguidor de Rubens, Pieter van Avont, en el templo gótico de S. Miguel, y los restos románicos de “La Claustra” o antiguas “Canongías”.

La riqueza segoviana en iglesias y monasterios es verdaderamente asombrosa

Y si resulta admirable para cualquiera intentar seguir el camino que apenas hemos esbozado en cuanto a las primeras, lo mismo sucede respecto a los segundos.
Pero recorramos esta ruta entrañable de monasterios y conventos segovianos.

Podemos iniciar esta andadura por el Convento de Santa Cruz, el primero que fundó Santo Domingo de Guzmán en España, con sus raíces hundidas hacia 1217, que nos sorprende, con la excepcional portada que da paso a la iglesia, portada gótica hispanoflamenca muy característica, en cuyo tímpano figuran orantes los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, y que costeó la Reina; en la parte superior, un Calvario entre dos dominicos, y a los lados, los escudos reales; entre los Monarcas, una representación de la Piedad.

El templo es de nave única, recorrida completamente en cadena por una sucesión de los citados escudos, las iniciales reales, y el “Tanto Monta” histórico.
Es preciso contemplar la cueva penitencial de Santo Domingo, y en la Sacristía, el Cristo Crucificado, en tabla, de Pedro Berruguete.
Sinagoga en el siglo XIII, el Convento del Corpus Christi fue cristianó dos centurias después, destruido por completo a finales del siglo XIX, y habitado por las franciscanas clarisas.

Conserva dos interesantes retablos y su hermosa leyenda del milagro de la Sagrada Hostia, que Vicente Cutanda reflejó en un cuadro, en 1902, que se contempla a la entrada. De acuerdo con la leyenda, un médico judío compró la Sagrada Forma a un sacristán, y trato con unos amigos, de cocerla en un gran recipiente de agua, pero al dejarla caer, voló por si sola al tiempo que se derrumbaba pir completo la sinagoga.

A mediados del siglo XV, en 1455, Enrique IV fundó San Antonio el Real, originariamente palacio de recreo y cedido pronto a los franciscanos, que lo dejaron a finales de la propia centuria para pasar al de S. Francisco, y luego a Academia de Artillería. Cuenta con un Calvario flamenco policromado único en España, que integra el relieve de la Crucifixión, en primer lugar, y el Descendimiento, al fondo, todo ello rodeado por escenas de la Pasión prácticamente miniaturizadas.

La imagen relicario de S. Antonio de Padua, en plata esmaltada, destaca entre las numerosas obras de arte de todo tipo que guardan tanto el Museo alli instalado como las propias salas monacales.
Del antiguo edificio de San Francisco, ya mencionado, se conservan los dos cuerpos del claustro, del gótico hispanoflamenco. Citemos el calado de sus antepechos y el vuelo de sus arcos trilobulados.

Fue en 1574 cuando Santa Teresa de Jesús fundó el Convento de las Carmelitas Descalzas, situado frente a la iglesia de S. Andres. Luis Salvador Carmona parece que fue el autor del S. José con el Niño que presude su retablo principal.
Según la línea muy dada en la Compañía de Jesús, el Seminario, antiguo Convento de la misma, responde a las líneas del hermano en ella Andrés Ruiz, realizadas por Diego de Matienzo, y a su muerte, su yerno Diego de Sisniega.

También intervinieron en la construcción Pedro de Brizuela y Francisco Gutiérrez de la Cotera, así como Juan de Mugaguren, autor del magnífico patio barroco de tres cuerpos. En la iglesia, sobresale su retablo mayor, con pinturas de Diego Díez Ferreras, ralizado por Jose Vallejo Vivanco, con un gigantesco tabernáculo también barroco escoltado de dos enormes columnas salomónicas a cada lado.
En las afueras, el Santuario de La Fuencisla, se encuentra el Convento de Carmelitas Descalzos que fundó S. Juan de la Cruz, donde esta enterrado.

Fue levantado a finales de la segunda década del siglo XVII, y es de nave única y capillas laterales. Junto a alguna pintura valiosa, requiere nuestra atención el Mausoleo del Santo, en marmol y bronce, en la capilla inmediata al Evangelio.

Para completar el recorrido, merece la pena seguir por el Valle del Eresma para visitar el del Parral, de influencia mudéjar, con ecos apreciables del Monasterio de Guadalupe, el conjunto del Parral, nos permite contemplarlo a distancia y gozar de sus perfiles a medida que nos acercamos a el. Enrique IV y el Marqués de Villena D. Juan Pacheco subraya el origen del recinto, donde el Rey estableció la orden española de los Jerónimos.

Su historia es azarosa, llena también de leyendas, como las del propio Marques de Villena o de la que su existencia hiciese desistir a Felipe II de fijar en Segovia su Corte veraniega, al no ser precisa la fundación que deseaba como consecuencia de su voto tras la victoria de S. Quintín.
Desierto y abandonado, sufrió diversos daños y pérdidas, entre estas la de su silleria coral, que fue a parar al Museo Arqueológico y a S. Francisco el Grande, en Madrid.

En su interior, destaca especialmente el retablo de su capilla mayor, triple, en piedra y madera dorada, que preside la enorme nave gótica desierta. Juan Cuas, Juan de Ruesga, Sebastián de Almonacid, Juan Rodríguez y Diego de Urbina fueron algunos de los artistas que intervinieron en la realización del Monasterio, en el que debemos contemplar también la portada de la Sacristía y los sepulcros labrados en alabastro de los Marqueses de Villena.
Rodeamos la ciudad de Segovia y recorremos sus cercanías y empezamos, no podría ser de otra forma, en el Santuario de la Fuencisla, patrona y mediadora de Segovia

Cerca de la confluencia del Eresma y del Clamores, justo bajo la mole impresionante de las llamadas “peñas granjeras”, al fondo de una gran alameda rodeada de prístina manantiales, lugar entrañable de romerías, enlace matrimoniales y acontecimientos familiares.
Parece ser que la imagen de la patrona fue escondida durante la dominación árabe en la iglesia de S. Gil, parroquia luego desaparecida. Una vez encontrada, cuenta una leyenda popular que una joven judía fue injustamente condenada pir adulterio a ser despeñada.

Pero la joven, al ser lanzada al Eresma desde dichas Peñas Granjeras, se dirigio a la Patrona y dijo: “¡¡Virgen de los cristianos, valerme!!”, Nuestra Señora la condujo levemente por el aire y la depósito con suavidad en el suelo. La judía se convirtió al cristianismo, sustituyo su nombre de Esther, por el de Maria del Salto.

El primitivo Santuario, del siglo XIII, fue sustituido por el actual entre los siglos XVI y XVII. En su interior destacan de manera especial la reja del presbiterio, el púlpito de hierro donado por Juan de Monreal, y el magnífico retablo de Pedro de la Torre y José de Rates firmado por siete lienzos, dos de ellos de Francisco Camilo y otros tantos Cristóbal Pérez de Teruel, rematados todos ellos por una “Asunción de la Virgen” de Ribera.

Es muy bella la Sacristía barroca, y en la alameda, el Arco de la Fuencisla, del Siglo XVIII, con las armas de la ciudad y las figuras de la Virgen y Maria del Salto. En el gesiro de la Virgen, joyas y ropa, destacan la corona regalada por suscripción popular en 1916 para su coronación canónica.
En la orilla del río, en la Casa de la Moneda levantada por Felipe II con planos posiblemente de Herrera, acuñó el monarca las monedas más perfectas de la época..

La huella de San Juan de la Cruz es indeleble en las tierras

Y su sepulcro fue especialmente visitado por el Papa Juan Pablo II durante su visita a España, ya que le dedicó su tesis doctoral y era un profundo conocedor de su obra. El propio valle del Eresma, donde estaba el Convento de Trinitarios de Santa Maria de Rocamador, fundó, con ayuda de Doña Ana de Peñalosa, el dicho Convento de Carmelitas Descalzos.

Allí fue prior desde 1588 hasta los inicios de 1591, pocos meses después murió en Ubeda y pasado un par de años, fue enterrado en el propio Convento que él mismo había fundado.
Al norte de la ciudad, mas allá del Eresma, junto al camino de Zamarramala, eleva su figura inconfundible la más original de las iglesias románicas segovianas: la de Veracruz o de los templarios. Fue construida en 1208 por la Orden del Temple, y al ser disuelta aquella, pasó a la de Malta hasta el siglo XVII, para ser salvada de su desaparición, en 1845, por Comisión Provincial de Monumentos.

Resulta inevitable, al ver la iglesia de Veracruz

Sentirse transportados a otros tiempos, a otras épocas, y viajar al ayer; su construcción es del final del romanico, concretamente de 1208, en busca de un pasado histórico en el que pocas veces somos capaces de asegurar donde acaba la realidad de los hechos y donde comienza su leyenda, donde se diluyen los personajes auténticos y donde crecen y se multiplican los mitos.


Esta propia nebulosa, que hace tan difícil precisar sus datos exactos, ha conducido también al amplio abanico abierto en torno a otras construcciones que pudieron servir a modo de espejo en el que se refleja la nueva obra, y que va desde la iglesia de Eulate, en Navarra, hasta el propio Santo Sepulcro, en Jerusalén, pasando por una considerable mayoría de otros templos propiedad de las distintas Ordenes Militares.

Desde que su esbelta torre nos saluda en la distancia, la imaginación vuela en el tiempo y en el espacio, ansiosa de desentrañar los mil misterios anclados entre sus muros centenarios.
Una reliquia de la Santa Cruz donada por Honorio III en 1226 parece que fue el origen de su nombre. En 1951 volvió a la Orden de Malta, que la restauró, hallándose valiosas pinturas en sus muros. A la planta poligonal ordinaria de doce lados, se añadieron posteriormente tres ábsides y una torre.

Se conserva una mesa de piedra en el edículo central donde se supone velaban sus armas los caballeros, un retablo gótico renacentista de 1516, y en la capilla de la torre, la hornacina donde se guardaba la reliquia del Lignum Crucis, que paso después a la parroquia de Zamarramala, lugar donde se conserva en la actualidad.

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Por Abián

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